Eugenio Trías y Joan Maragall: habitantes de la ciudad fronteriza o del ensueño

Nota preliminar

El presente escrito consiste en un esbozo del pensamiento de Eugenio Trías siguiendo el referente del mismo en el curso de toda su obra y que no es otro que la ciudad. Su elaboración se pensó para el público que todavía no tuviera una idea definida del proyecto filosófíco de Trías y que asistió a la conferencia que nuestro filósofo dio en el ciclo “De Maragall en Trías: Lectures a peu de pàgina del llibre d’Eugenio Trías El pensament de Joan Maragall”, al que nos hemos referido en una nota preliminar a la entrada “«El pensament de Joan Maragall», de Eugenio Trías: Un libro sin destino. (1) Genealogía de un libro liminar”. Sirva, pues, de Epílogo a los escritos anteriores dedicados al libro de Trías sobre Maragall.

Eugenio Trías y Joan Maragall: habitantes de la ciudad fronteriza o del ensueño

Eugenio Trías no tiene lectores, tiene conciudadanos, vecinos de una obra filosófica concebida como una ciudad en permanente y contínua construcción. Una ciudad que se edifica no  con muros y cerrojos, sino con vanos y bisagras, llena de huecos y espacios luminosos para que habite con plena libertad el sujeto del límte como testigo simbólico del descenso a la caverna y del ascenso al firmamento. En la historia de la filosofía encontramos otros modelos de ciudad, desde Platón a Habermas, pero nunca como hasta la filosofía del límite habíamos contado con este doble testigo de los dos horizontes entre los que se despliega la existencia del ser humano, el horizonte matricial y el horizonte hermético, el pasado inmemorial y el futuro escatológico. La ciudad que edifica Trías no es sólo una arquitectónica de los diversos saberes que relata ese testigo, sino que también es una urbanización de la condición humana que hace habitable ese límite entre la materia y el misterio. Como dice el mismo autor en la primera línea de Ciudad sobre ciudad (2001), compendio de su filosofía del límite, “mi último referente siempre ha sido la ciudad”.

Ciertamente, su irrupción en la filosofía se produce con una tesis de licenciatura titulada  Alma y Bien según Platón, presentada en 1964, en el que defiende el elemento dionisíaco del pensamiento platónico, en la medida que cabe pensar las potencias del alma (el amor, la memoria, la voluntad, la creación, el entendimiento) como instancias mediadoras entre la naturaleza humana y la ciudad ideal. Este Platón del “camino intermedio” lo recrea en otro texto fundacional de su ciudad del límite o fronteriza, El artista y la ciudad (1976), en el que refuta el supuesto “teoricismo” de Platón que obvia el carácter productivo de Eros, lo que le lleva a afirmar que la ciudad es la obra del artista. La expulsión del artista de la ciudad no niega esa síntesis, en contra de la crítica convencial, sino que la confirma, si bien esa síntesis la pensó Platón en términos ideales, teóricos, y no reales, prácticos. Para este cumplimiento, nos dirá Trías, tendremos que esperar a la fundación de la ciudad renacentista en la filosofía de Pico della Mirándola.

La ciudad que quiere fundar Trías no es, por tanto, un constructo racionalista al modo de Le Corbusier, en el que la dimensión productiva desplaza la erótica, construyendo un espacio para habitar, pero un espacio metacívico, en el que el alma no tiene su correlato en la ciudad. Todo lo contrario, su fundación de la ciudad se inspira en las ciudades latinas, como la Barcelona que le vió nacer en el 1942, en la que el alma se siente en su casco antiguo y sus suburbios, en los que se acomoda la arquitectura de nueva planta. Que nuestro filósofo ejerciera de profesor de Estética y Composición en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona (ETSAB) desde el 1976 hasta el 1992, no responde sólo a motivos biográficos, sino también, y sobre todo, a su pasión filosófica por la fundación de una nueva ciudad fronteriza. En estos años de magisterio en contacto con los arquitectos que en la década de los 90 protagonizarán la transformación urbanística de la ciudad olímpica y harán de la ciudad condal un referente mundial de la arquitectura actual, el urbanismo y la arquitectura  han inspirado, ciertamente, algunos objetos de su reflexión filosófica, como la Plaça dels Països Catalans de Sants, de Helio Pinón y Albert Viaplana, que se encuentra en un capítulo de La aventura filosófica (1988), una plaza que toma como ejemplificación de la experiencia de su estética del límite. Escuchemos al filósofo:

«La plaza es pura frontera y se realiza como plaza marcando el enfásis en ese su ser línea o límite. El que habita la plaza, el usuario de la plaza, el que quiera jugar el juego artístico y poético del proyecto de Viaplana y Piñón ha de cumplir un requisito, ha de pasar por la aduana ética y moral, y por tanto estética, de ser y saberse habitante de la frontera, de querer ser habitante de la frontera.

¿Y qué es lo que delimita ese límite? ¿Qué es eso que, dentro del cerco, se define como centro monumental de la plaza, centro delimitado y definido por el enfatizado límite, por el conjunto de formas limitativas de bancos y luces, de corredores y palios? ¿Qué es lo que se revela como centro y núcleo esencial y fundamento del proyecto? ¿Cuál es, pues, el fundamento expuesto, revelado, de la esencia de la plaza? Ahí, en nosotros y ante nosotros, dentro de nosotros, en el interior-exterior de nosotros mismos, puros límites, puras líneas, puros habitantes fronterizos, se halla la monumental revelación. Usted, usted mismo, el jugador, el usuario es el revelador-revelado: usted, que es una pura y frágil línea fronteriza soportada en sí, fundamentada en sí, sin nada más que ella misma que la sustenta y fundamenta (…)».

(La aventura filosófica, Novena singladura: La plaza y su esencia vacía; 1988, pp. 280-281.)

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Plaça dels Països Catalans, Barrio de Sants, Barcelona

Pero también el urbanismo y la arquitectura le han inspirado un modelo constructivo de su propuesta de la filosofía del límite, como se advierte en el papel fronterizo que otorga a la arquitectura, junto a la música, entre las artes, al que dedica la primera parte de Lógica del límite (1991), así como al diseño arquitectónico de dicha propuesta, estructurada en cuatro barrios: la estética, objeto de Lógica del límite (1991), la filosofía de la religión, objeto de La edad del espíritu (1994), la ontología, objeto de La razón fronteriza (1999), la ética, objeto de Ética y condición humana (2000). Un diseño, conviene recordar aquí, cuya formulación encontramos en  Ciudad sobre ciudad (2001), cuyo título es ya programático, y al que posteriormente se añadiría un quinto barrio, la política, objeto de La política y su sombra (2005).

Arquitectura y política se dan, pues, la mano. Los grandes arquitectos también son fundadores de nuevos modelos de ciudad. Así, la Barcelona de hoy es el resultado de una idea unificadora de ciudad que aportaron los noucentistas frente a la dispersión de los modernistas. El ideario noucentista que hoy podemos reconocer en la regularidad y homogeneidad de nuestra ciudad patentiza el uso de la arquitectura al servicio del poder, su utilización para la realización de un programa político. De ahí que Trías señale la necesidad de una nueva estética del límite  en armonía con una nueva ética y política del límite, que ponga en evidencia la extralimitación de la creación artística, que en su obcecación por la ciudad ideal arruina la ciudad real. La ciudad que crece de esta manera muestra el ethos del habitante de la Unidad, fortaleza que cierra el paso a la variación de formas simbólicas que dan testimonio del ser del límite, dominada por el orden geométrico de la razón. La ciudad que crece de múltiples maneras, siempre abierta a nuevas formas simbólicas, muestra el ethos del habitante del límite.

Pues bien. Si hay una figura de la cultura catalana, y en particular de Barcelona, cuya creación artística manifiesta esta manera de hacer la ciudad fronteriza, la ciudad del habitante del límite, que no sucumbe a la nivelación del ideal ni se extravía en los laberintos del deseo, que podía despertar el interés de Trías y tomarlo como objeto de reflexión y espejo de su propia propuesta filosófica, esta figura no podía ser otra que Joan Maragall, quien tanto en sus ensayos como en su poesía expresa una preocupación constante por armonizar el individuo y la comunidad, el alma y la ciudad. Escuchemos al poeta:

«¡Oh! No maldigas de tu ciudad, ciudadano que ahora estás en mí de cuerpo presente, porque ella es un tránsito como lo eres tú mismo. Tú tienes un amor y una fe: ella también; hela aquí, que es tu obra. En tí se mueve y avanza el ciudadano del provenir, en ella la ciudad futura; ésta es ciertamente tu ciudad. Ámala.

(…)

¡Cuidado con someternos a cánones demasiado rígidos! ¿Cuidado con estorbar la gestación! Vaya de todo a ella, pero… ¡cuidado! Vaya de todo a ella sin escrúpulo, pero también sin violencia…; o con violencia, pero sin rigidez…

(…)

¡Qué extraña manera de discurrir me ha dado! Es lo que tiene hacerse ciudadano del ensueño, como yo me he hecho hoy… ¿Me he hecho? ¿Acaso no lo era ya? ¿Acaso no lo somos todos? ¿Acaso es lícito ser otra cosa si se quiere vivir… lo que se llama vivir?»

(La ciudad del ensueño, IV-1908. En Obras Completas: 1947, p. 1482).

Para Maragall, lo mismo que para Trías, el Bien o la Belleza no es el principio que dirige la conducta del alma, sino la consecuencia del imperativo genésico de ésta. El Alma, en su doble movimiento erótico y poiético, asciende primero hasta la trascendencia, el mundo de las ideas, en cuya cumbre no encuentra más que la abstracción de la contemplación, el vacío de las formas, y tiene que morir espiritualmente para poder descender a la inmanencia, el mundo de los hombres, la vida en la ciudad. El poeta, del mismo modo que el filósofo, debe realizar esta doble determinación y renuncia, para fundar, con su creación artística o dialéctica, la ciudad. Cuando se rompe esta síntesis  entre alma y Bien, el destino del artista o del filósofo y de la ciudad tienen un final trágico: el alma se extravía en la vía mística, ensimismada en su subjetividad, y el Bien, privado de la vía cívica, se transforma en utopía.

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1 comentario

Archivado bajo Conferencias

Una respuesta a “Eugenio Trías y Joan Maragall: habitantes de la ciudad fronteriza o del ensueño

  1. Adrià Salvat

    Mis felicitaciones por un blog tan trabajado. El pensamiento de Eugenio Trías me parece sumamente complejo, por eso admiro y felicito a todos los que se atreven a abordarlo. Me quedo con su visión de la ciudad y de la música, el lenguaje del futuro. Saludos.

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