«El pensament de Joan Maragall», de Eugenio Trías: Un libro sin destino. (3) El ideal anarquista y la redención de la ciudad

(3) El ideal anarquista y la redención de la ciudad

Cabe preguntarse si la elevada especulación filosófica en torno a la superación del espiritualismo racionalista de Hegel y Krause que Trías ensaya en el libro El pensament de Joan Maragall, y que en su aplicación política lleva a anteponer el organismo social sobre el organismo individual, al fijar en las condiciones externas del individuo el fundamento del Derecho y del Estado, y en consecuencia el destino racional del ser humano, se encuentra en los ideales políticos de Maragall o por el contrario no es más que una construcción imaginaria por parte de su exégeta. Para analizar esta cuestión y llegar a una respuesta afirmativa partiré de una hipótesis que trataré de probar seguidamente y que ofrece una imagen insólita de Maragall, a mi entender real, pero que las sucesivas exégesis maragallianas han pasado por alto, con la excepción del libro de Trías. Para no alargar el suspense les diré que Maragall se sitúa en una corriente libertaria que parte del liberalismo radical y que no admite más instancia de poder que la soberanía del individuo.

Un libertarismo antiautoritario i antidogmático, anticolectivista i antigualitario, federativo, catalanista y antipartidista. Un tipo de anarquismo que hay que matizar con mucho cuidado en su pensamiento religioso, y que no hay tiempo para abordar aquí, pero que en su pensamiento político, objeto de esta lectura que aquí les ofrezco en torno al pensamiento político de Maragall, se manifiesta de una forma clara y distinta desde sus primeros escritos ideológicos y que en el curso de su pensamiento va adquiriendo una “mayor precisión mental”, hasta alcanzar su cénit en los escritos posteriores a la Semana Trágica, desde el artículo “Ah! Barcelona…” (1-X-1909), hasta el artículo “Réplica” (19-X-1911), dos meses antes de la fecha de su muerte, y cuyo título remite a un artículo anterior, “La vuelta al caos” (6-VII-1911), unos textos en los que se pone en la reforma del individuo el fundamento de la reforma social; una idea, cabe subrayar, que le lleva a criticar la política de obras sociales que se había puesto de moda en la burguesía barcelonesa de principios del siglo XX, en particular en algunas entidades de crédito, y que por cierto está todavía vigente en la actualidad, como es el caso de la Obra Social “La Caixa” en la línea del desempolvado capitalismo social del señor Fainé.

Cuando en una intervención anterior esbocé la genealogía del libro El pensament de Joan Maragall, ya señalé que su primera incursión en el pensamiento de Maragall se encuentra en el Epílogo a su libro La memoria perdida de las cosas, publicado en el 1977, en cuyas primera líneas dice:

“He aquí alguien que se dirige a nosotros, alguien que presiente nuestra experiencia y prepara nuestro camino. ¿Es un profeta redivivo que recupera el gran estilo de amorosa invectiva de Isaías o Jeremías? (…) ¿Será acaso un rebote tardío el estilo ditirámbico y zaheridor del Zaratustra germánico? (…) ¿O es acaso un contemporáneo nuestro, diré más, un pensador de actualidad rabiosa y palpitante que logra dar al discurso ácrata en boga una dimensión de profundidad y exactitud del que éste muchas veces anda falto?” (op. cit., p. 129).

El texto citado es una lectura apasionada de uno de los últimos artículos de Maragall titulado “Preparad los caminos” (13-VII-1911), donde se defiende la individualidad contra el espíritu de turba y de abstracción tanto del movimiento obrero como de la burguesía, un espíritu de abstracción en cuya innanidad y nihilismo ve Maragall esa nueva encarnación del Mal que representa la figura de Mefistófeles en el Fausto de Goethe. Llama la atención que en la segunda parte de su Introducción al libro sobre el pensamiento de Maragall, publicado cuatro años después, reproduce, en sus primeras páginas, prácticamente todo el texto de aquel Epílogo, por lo que cabe suponer en un pensador de ingenio como es Trías, que no ha cambiado ni un ápice su percepción del espíritu ácrata de Maragall, añadiendo ahora tan sólo una nota al final de un pasaje en el que habla de la Oda nova a Barcelona como “la quintaesencia de su poesía erótica”. En dicha nota (p. 139, n. 6 de la edición castellana de 1985), leemos:

“Antonio Loredo, anarquista redactor de Tierra y Libertad, hace referencia a Barcelona como «La Rosa de Fuego». Tomo la referencia del libro, injustamente silenciado, de J. Romero Maura, La rosa de fuego. Republicanos y anarquistas: la política de los obreros barceloneses entre el desastre colonial y la Semana Trágica, 1899-1909 (Editorial Grijalbo, Barcelona, 1975). El libro se inicia con la siguiente cita del anarquista Loredo: “ (…) en donde el pueblo luchó con denuedo, llegando a imponerse por medio del terror, fue en Barcelona, en La Rosa de Fuego, como la llamamos nosotros en América (…)”.

Afortunadamente, el tiempo acaba poniendo las cosas en su sitio, y el libro de Romero Maura salió de su injusto silencio al ser reeditado el año 1989 por Alianza Editorial. Pero lo que aquí quiero llamar la atención es la afinidad electiva que encuentra Trías con Maragall por lo que respecta a su pensamiento político de aquellos años, al tener el oído predispuesto a los ideales libertarios en la reflexión de Maragall “sobre el Estado, sobre la Sociedad, sobre todas esas entidades que parecen exigir letra mayúscula” (op. cit., p. 129), y que se creen por ello legitimadas para imponerse a la voluntad de los individuos.

Trías es un exégeta de oído fino y lengua comedida, y no se deja seducir por voces que no sean auténticas. Pero si alguien alberga todavía dudas sobre la filiación ácrata de Maragall, basta remitirse a sus Notes autobiogràfiques de octubre de 1885, en la edición crítica de Glòria Casals, que ha restaurado en su versión original, salvándolas así de las manipulaciones a que fueron sometidas desde su primera edición el año 1912. Al final de la Nota V leemos la siguiente declaración del poeta en su lengua original previa a las normas gramaticales modernas:

“Que la societat tal com està avuy és un mal general ho confessa tothom menos los poderosos egoistas (escola conservadora); tothom vol trobarhi remey: los tontos de bona fe lo buscan en lo progrés indefinit (escola lliberal), como si los homes socials de demà no haguessen de tenir las mateixas concupiscències que los d’avuy; los prudents de mala fe (escola tradicionalista) nos pintan com Arcàdias las nacions d’ahí, assentadas en realitat sobre injustícias e ignonímias. Donchs are vinch jo y proposo un altre remey: és dir, no proposo un remey. Proposo [la supressió ratllat] una cura radical. Proposo la supresió de la soccietat.” (Joan Maragall, Com si entrés en una patria. Edició i pròleg de Glòria Casals. Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2007, p. 175.)

Esta Nota fue escrita a los veinticinco años del poeta. Habrá quien piense que este radicalismo es cosa de juventud. Y así sería si no hubiera escrito nada más sobre el anarquismo. Pero tal cosa no sucedió. Porque Maragall nunca dejó de escribir sobre el anarquismo o desde su particular y personal anarquismo, más o menos explícito. Y esto no sólo por lo que toca a sus prosas, también por lo que toca a sus versos.

En su primer poemario titulado Poesies, publicado el 1895, encontramos el poema Paternal, el único de todo el libro precedido de una breve nota biográfica que dice así: “Tornant del Liceu en la nit del 7 de novembre de 1893”. Maragall fue testimonio del atentado en el Gran Teatro del Liceo el dia 7 de noviembre de 1893 por el anarquista aragonés, afincado en Barcelona, Santiago Salvador Franch, utilizando dos bombas Orsini. Cuando la soprano italiana Virginia Dameri estaba finalizando el segundo acto de Guillermo Tell y el público aplaudía, Salvador Franch lanzó las dos bombas al patio de butacas. La primera explotó en las filas 13 y 14, ocasionando 22 muertos y 35 heridos. La segunda, afortunadamente, no explotó. El autor del atentado fue detenido el 1 de enero de 1894, tras dos intentos fallidos de suicidio en el momento de la detención. Fue condenado a la pena capital el mismo año.

Las dos primeras estrofas del poema de Maragall, escrito la misma noche del atentado, describen el fanatismo de los terroristas y la valentía de sus potenciales víctimas (primera estrofa), la crueldad y el terror de la acción criminal, y la consiguiente sed de venganza (segunda estrofa). Pero la última estrofa, es un canto a la esperanza:

Furient va esclatant l’odi per la terra,

regalen sang les colltorçades testes,

i cal anar a les festes

amb pit ben esforçat, com a la guerra.

A cada esclat mortal –la gent trèmula es gira:

la crudeltat que avança –la por que s’enretira,

se van partint el món…

Mirant el fill que mama, –a la mare que sospira,

el pare arruga el front.

Prò l’infant innocent,

que deixa, satisfet, la buidada mamella,

se mira an ell. –se mira an ella,

i riu bàrbaremnt.

El delito criminal será castigado, la razón política se olvidará, pero la vida del niño continuará, y con ella nuevas posibilidades para la vida social. Obviamente, el anarquismo que profesa Maragall está en las antípodas de este anarquismo que, en España, en la década de los años 90 del siglo XIX, hizo de la acción directa del atentado terrorista su principal estrategía propagandística. En un artículo posterior del año 1898, que lleva por título “El delito inmanente” (25-XI), escrito a propósito del atentado mortal a la Emperatriz de Austria (apodada familiarmente Sissí), el 10 de septiembre de 1898, a manos del anarquista Luigi Lucheni, Maragall denuncia el espíritu de abstracción de este anarquismo que perturba su ánimo. “En el delito anarquista –dice Maragall– el móvil es una idea general (transformar la sociedad) y el objeto es abstracto (herir en cualquiera representación actual de esta sociedad misma)” (OC: 1947, p. 1309). Pero a continuación afirma:

“El día en que en estos países el anarquismo produjera su hombre que concretara aquella fe vaga y supiera afirmarla ante los gobiernos, éstos no podrían resistir por mucho tiempo el empuje de las multitudes que aquel hombre llevaría tras de sí. Las multitudes afirmarían, los fanáticos no matarían, sino que se harían matar, con la sonrisa en los labios, por aquel hombre, y el anarquismo habría concluido, porque una nueva aristocracia habría venido al mundo.

A esta conclusión queríamos llegar: a que sin una fe concreta general, profunda, sin una aristocracia positiva, no hay equilibrio social positivo”

(…)

En una palabra: hay que dar un sentido aristocrático al anarquismo. Todo lo demás son pequeños frenos y lenitivos que no tratamos de combatir, porque claro es que hay que ir tirando; pero tampoco cabe forjarse ilusiones dándoles la importancia de remedios radicales” (op. cit., p. 1309).

Difícilmente se puede ser más explícito acerca de la fe que profesa Maragall en este nuevo anarquismo aristocrático en torno al hombre singular, capaz de amar intensamente y por esta virtud “asentar firmemente en las masas el amor y el temor al Dios personal, el sentimiento de la desigualdad y el respeto ciego a todas las superioridades (OC: 1947, p. 1310). Una individualidad cuyo arquetipo encontró Maragall en Goethe. En una carta citada en mi intervención del pasado día, dirigida al anarquista catalán Federico Urales, director de la Revista Blanca y del diario Tierra y Libertad, del que era redactor el mismo Antonio Loredo citado por Trías, Maragall le confiesa: “el autor que más influido en mí ha sido Goethe, creo que por su tendencia a la armonía serena, que es mi principal aspiración” (op. cit., p. 208).

Esa fe en el provenir de un nuevo anarquismo aristocrático la vuelve a reafirmar Maragall en otro artículo el año 1907 titulado “Esta es mi fe” (11-II), probablemente escrito a propósito de otro atentando fallido con bomba el 24 de diciembre de 1906 en la Rambla de las Flores (el artefacto fue encontrado en la escalera de una modesta finca del nº 7) de Barcelona, que pudo haber causado estragos. La vida ciudadana quedó perturbada ante el temor de padecer indiscriminadamente un atentado. A los pocos meses, cabe recordar, se produjeron otros atentados con bomba en el Llano de la Boquera y en el salón de San Juan (8 de abril de 1907) y contra Francisco Cambó, Nicolás Salmerón y Pedro Corominas cuando se dirigían en coche para tomar parte en un mitin electoral (19 de abril de 1907), resultando herido el primero por arma de fuego. Maragall se hace eco en su escrito del clima de terror en el que viven los barceloneses: “¿Qué se proponen?, ¿qué quieren?, ¿contra quién o contra qué van… ésos? ¿Esos? ¿Quiénes? ¿O quién? ¡Porque puede ser uno solo! Uno por el simple gusto de hacer el mal como un demonio. (…) Todos tenemos algo de demonio. Pero algunos lo tienen todo” (OC: 1947, p. 1479). Sin embargo, la vida de la ciudad empuja a sus ciudadanos a salir de nuevo a las calles y a seguir con sus vidas. “La hermosa facultad de olvidar –dice Maragall– tiene, en los seres colectivos, una fuerza portentosa, y de ahí su perpetua juventud. Porque la juventud consiste no sólo en mirar al provenir, sino también, y tal vez principalmente, en no tener pasado” (op. cit., p. 1480). Maragall nos anima a mirar hacia el provenir, siempre hacia adelante y en ascenso, porque lo que está en juego es nuestra civilidad, el derecho a alcanzarla. “Todo está –sigue diciendo– en que quede también el principio ciudad –¿me entendéis?–, el principio de confianza, el principio amor, el principio calle, alegría, victoria… Y también en que tras un día tétrico, haga un buen sol. Con todo esto se vence. Y contra el espíritu no hay bombas” (op. cit.).

Casi un año después de este artículo, el 4 de febrero de 1907, unos meses antes de la Semana Trágica, comienza el poema Oda nova a Barcelona. Como nos advierte Josep Benet en su estudio Maragall i la Setmana Tràgica (Barcelona, edicios 62, [1963] 2009), las primeras estrofas son un canto a la hermosa ciudad contemplada desde las montañas vecinas. Pero cuando estalla el episodio de la Semana Trágica, durante los días 26 al 31 de julio de 1909, el autor deja su poema a medio escribir. Cuando reemprende su composición, Maragall tienen en mente la ciudad encanallada por las turbas de uno y otro bando. Pero su amor por la ciudad es superior al odio que siente por el mal que corre por sus entrañas. De aquí que Trías diga de este poema que es“la quintaesencia de su poesía erótica”. Porque su amor es integral, comprende todas las dimensiones del amor: el amor pasional, el amor activo, el amor cívico, incluso el amor heróico de los que no albergan esperanza. Su fidelidad a la “ciudad mala” se declara en la estrofa final del poema:

Tal com ets, tal te vull, ciutat mala:

és com un mal donat, de tu s’exhala;

que ets vana i coquina i traïdora i grollera,

que ens fa abaixar el rostre

Barcelona! I amb tots pecats, nostra! Nostra!

Barcelona nostra! La gran encisera! (OC: 1947, p. 79)

La Oda nova a Barcelona se publicó en La veu de Catalunya el primero de mayo de 1910. Y no es casualidad que Maragall quisiera publicar en el mismo diario sus tres artículos sobre la Semana Trágica, en los que reafirma su fidelidad a Barcelona y su fe en el provenir de nuestra civilidad, que cifra en la llegada de un nuevo anarquismo aristocrático que redima la ciudad en el amor. Al final de “Ah! Barcelona…” (1-X-1909), el primero en escribirse, Maragall nos interpela de este modo:

“Que no ho veieu que lo que ens manca és l’amor? Mancança horrible, però és això! Això, que en el descontent de la vida és odi, i en el content, egoisme: tot plegat lo mateix, falta d’amor; i l’amor és el primer «perquè» social, i el regenerador d’organismes, i la potència: l’única. Sense això, tot serà en va. Mes, com cobrar-lo? Jo us ho diré: en el dolor que vinga” (cito de la edición de Benet, 2009, p. 104-105).

Para Maragall hay que padecer el mal, sufrirlo, y de este modo interiorizarlo, haciendo así posible su cambio de sesgo. Se trataría efectuar una suerte de transubstanciación moral en el organismo individual a través del amor que haga posible que el mal individual se transforme en bien y no contamine el organismo social. Que el sujeto anclado en el mal no sienta ya el mal como la realización fallida del bien, porque el otro ha asumido su deuda moral y comprende su mal. Federico Urales ya dijo algo semejante: “Somos malos porque en el mal está nuestro bien. Cuando nuestro bien esté en el bien de todos, la idea del mal ajeno por el bien propio, se irá alejando de nuestras cabezas, y así como ahora somos malos por necesidad, entonces seremos buenos por necesidad también”.

Para concluir quiero subrayar que Trías en su libro El pensament de Joan Maragall se propone destruir la imagen sociológica del pensamiento político de Maragall, y en particular la vertida sobre su idea de la ciudad del perdón, para que pueda emerger la imagen faústica de Maragall y su anarquismo aristocrático. Trías reconoce en Maragall el punto de vista equidistante que mantuvo Goethe ante el problema del mal. La preocupación constante de Maragall por armonizar el individuo y la comunidad, de un lado, y por otro lado, la definición del mal como ausencia de mediación entre individuos y agentes sociales, al ensimismarse ambos en un espíritu de abstracción, son ideas que Trías reconoce en el poeta por la común afinidad electiva que comparte con él en relación a Goethe. Admira en Maragall, lo mismo que en Goethe, su actitud de educador de todo un pueblo. Ante la cuestión de la posición que el sujeto asume ante el mal, responde en estos términos al principio del libro objeto de este ciclo de conferencias:

“Cabe por último –y esta es la posición que protagoniza Maragall– sentir o presentir el mal como amenaza, pero sobre todo como enigma, como problema, como intimidación y como límite, a modo de algo que no es en absoluto ajeno al sujeto, ni a su realidad ni a su fantasía, pero que éste ignora de qué modo exorcizar (…), vacilando entre la serena y sobria repulsa y la temeraria fascinación, sin incurrir jamás ni en la repulsa crispada y ortodoxa (…), ni en el compromiso incondicional con el elemento juzgado y rechazado” (55-56).

 

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